Desde su nacimiento en 1804, después de la primera rebelión exitosa de esclavos en el mundo, cuando las tropas francesas se rindieron a las fuerzas encabezadas por Jean-Jacques Dessalines, Haití no ha salido del dolor permanente al cual le han tenido sometido sus líderes.
Haití va de tragedia en tragedia, de horror en horror. Su historia ha estado sellada por inestabilidad, dictaduras asesinas, más de 30 golpes de Estado, ocupación de su territorio por parte de infantes de Marina de los Estados Unidos (1915 a 1934), y desastre naturales que le han marcado, durante sus 206 años de turbulenta historia, como uno de los países más pobre e inestable de América.
El vecino país va de la tragedia a la catástrofe después del terremoto, que le ha sumergido en una situación de espanto con miles de muertos esparcidos por sus calles, millones de damnificados, según el Comité Internacional de la Cruz Roja. Además, el movimiento telúrico derribó edificaciones sólidas de la capital haitiana, como el palacio presidencial, la sede de la misión de la ONU, hospitales, escuelas, edificaciones privadas y viviendas precarias en las que se aglomera la mayoría de la población, en los cerros que rodean el centro de Puerto Príncipe.
Este fenómeno natural ha golpeado a un país con carencias inadmisibles en el siglo XX1, afectado por la miseria, la insalubridad, la falta de institucionalidad, la carencia de infraestructura, el analfabetismo, la mortalidad materno-infantil, la prevalencia de SIDA, la falta de desarrollo económico, la corrupción, la emigración que afecta de manera puntual a nuestro país.
República Dominicana, el presidente Leonel Fernández, los líderes de oposición, el empresariado, la prensa, el pueblo en general, han asistido, han ido en auxilio inmediato, han realizado un esfuerzo indecible, loable, con todo y nuestra propia situación desfavorable y hasta grave que padecemos.
La comunidad internacional, Estados Unidos y Europa Occidental han hecho lo propio, pero deben recordar que esa ayuda y auxilio deben ser permanentes, para reconstruir a Haití, para asistirle en la superación de una circunstancia económica, política y social que se debe, en parte, a las actitudes colonialistas y neocolonialistas de las naciones ricas.
Peligroso para nuestro país se torna la desesperación y la rabia que impera en las calles de Haití, porque la enorme cantidad de ayuda con que la comunidad internacional ha respondido no les llega con eficiencia y prontitud. El aumento de los casos de pillajes, la inminente emergencia sanitaria, el caos, la falta de gobierno, el hambre, empuja a miles de haitianos a buscar refugio en este lado de la isla.
Más allá de las tareas inmediatas de auxilio, Republica Dominicana, nuestras autoridades, nuestros líderes, deben exigir que las naciones ricas, llámese Estados Unidos y Europa Occidental, no pueden ser pasajeros en su ayuda y reconstrucción de Haití, no pueden dejarle el problema sólo a nuestra media isla, porque las consecuencias serian desastrosas para nosotros.
¡Bien por todos!, pero el plan de rescate debe ser a fondo, sin regateos ni condicionamientos de dependencia política, para que el país más pobre del continente, y uno de los más pobres del mundo, consiga superar la catástrofe inmediata, pero también su trágica circunstancia de décadas y siglos.
El autor es periodista
Frontera25_@hotmail.com
Pie de Foto:
José Alejandro Vargas Guerrero