París.- La acumulación de noticias negativas para la economía de la Eurozona rozó un límite esta semana, con el anuncio de la banca mundial de que el grupo de la moneda única entró ya en la fase de recesión.
La mala nueva precedió a una reunión urgente entre el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, la canciller federal de Alemania, Ángela Merkel, y el flamante primer ministro de Italia, Mario Monti.
Estas tres naciones están consideradas como las mayores economías de los 17 países acogidos al euro y concentran el 70 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de toda el área.
La mini cumbre tenía como objetivo discutir nuevos planes para evitar el contagio de la crisis de la deuda soberana, un intento quizás tardío si se toma en cuenta que Italia ya sucumbió al mal y Francia está situada justo en el límite.
De la cita sólo surgieron dos certidumbres, la primera fue que la Merkel le ganó la pulseada a Sarkozy y declaró intocable al Banco Central Europeo, lo cual implica un rotundo no a la emisión de eurobonos para rescatar a los países en apuros.
La segunda, también un tanto para Berlín, consistió en el anuncio de un proyecto para modificar algunos de los tratados constitutivos de la Unión Europea (UE) a fin de acelerar la unión fiscal y aplicar castigos a los estados incumplidores de las nuevas normas.
Estas reformas serán anunciadas antes de la cumbre de la UE, programada para el 9 de diciembre próximo, dentro de escasas dos semanas.
La prisa de los líderes por hallar remedios a las turbulencias financieras se explica al tomar nota de que tres gobiernos cayeron este mes de noviembre en la Eurozona como consecuencia de la situación.
Giorgios Papandreu, en Grecia, y Silvio Berlusconi, en Italia, sufrieron un golpe comunitario y sucumbieron por no acelerar las antipopulares medidas de ajuste dictadas por sus colegas desde Bruselas.
Por su parte, Rodrigo Zapatero recibió en las urnas el castigo de la población española agobiada por un 20 por ciento de desempleo y el encarecimiento constante del costo de la vida.
Si se concretan las advertencias de la banca internacional sobre el ingreso del bloque a la recesión, el panorama será mucho más sombrío para el futuro inmediato.
Los síntomas clásicos de esta fase ya se pueden apreciar y, entre ellos, destaca el sistemático descenso de la actividad económica durante los últimos meses.
Según la oficina estadística comunitaria Eurostat, en el último trimestre el crecimiento global apenas fue de 0,2 por ciento, más parecido en realidad a un estancamiento.
A ello se suma el alza del desempleo anunciado ya por importantes sectores como el bancario y el automovilístico, encaminados al cierre de miles de plazas para abaratar sus costos ante la caída del consumo.
Del otro lado, aumenta el descontento entre la población, obligada a pagar los costos de una crisis creada por las grandes corporaciones financieras e industriales y la mala administración de los gobiernos, según los sindicatos y amplios sectores de oposición.
En Grecia, España e Italia las marchas son cotidianas, en Portugal esta semana se vivió una de las mayores huelgas de los últimos años y en Francia se prepara una jornada de protestas en diciembre, con una movilización nacional el día 13.
Así pues, mientras se multiplican las cumbres de los líderes, la indignación popular se contagia de un país a otro casi a mayor velocidad que la crisis de la deuda.
Mientras tanto, todas las incógnitas sobre el futuro del euro y de la misma Unión Europea, siguen abiertas sin solución a la vista.
