Al entrar a la iglesia Buen Pastor para asistir a la misa, me entregan el Boletín Parroquial. Leyendo: habla nuestro párroco. No me detengo, solicito a monseñor Pablo Cedano Cedano su aprobación para publicar su escrito.
Monseñor bendice y les entrego:
Cuando vamos en ruta por muchas de las avenidas y calles de la capital y llegamos a un semáforo en rojo, lo más común es que se nos acerquen niños hasta de 9 y 10 años, que limpian los vidrios de los carros o simplemente piden unas monedas para cubrir sus necesidades o quien sabe para qué.
Ante tal espectáculo, nuestro pensamiento brinca y choca, y caemos en una encrucijada que muchas veces no sabemos qué hacer; si le damos unas monedas nos puede parecer que estamos apoyando esa injusticia y bochorno; si le negamos esas monedas nos parece estar cometiendo una grave falta de caridad. Ante esta duda, la caridad nos pide hacer la obra y algo más para aminorar esa vergüenza, tras la cual hay muchos culpables en nuestra sociedad.
¿Quién de los que vamos montados cómodamente en sus vehículos quisiera encontrarse con un hijo suyo o un pariente en esas condiciones? ¿Qué pasa con esos niños, y a veces con esas niñas de los semáforos y de las calles? ¿Tienen o no padres? Todos sabemos que hay hijos sin padres, y padres con hijos que de hecho no son padres.
La tendencia espontánea es menospreciar a esos niños y culpabilizar a tales padres. ¡Qué fácil y bonito es aquietar la conciencia, justificarse y seguir adelante en su vehículo pensando que usted tiene su mundo arreglado con sus hijos, dejando a esos infelices a su triste suerte debajo de los semáforos!
¿De quién es realmente la culpa? ¿De esos niños que la sociedad tira a la calle a tan tierna edad y a tal situación que trabajan unos “para ayudar a su mamá, abandonada con sus hijos por un mal padre”, otros porque no tienen ni padre, ni madre, ni un hogar donde alojarse? Esa es la realidad de esos niños y niñas, cuyo final será la delincuencia con todas sus consecuencias.
Mirémoslos con ojos de amor y de caridad, y lejos de menospreciarlos, acojámoslos en nuestro corazón y hagamos lo poco o mucho que podamos en honor a ellos, pensando en Jesús que dijo: “¡Dejen que los niños vengan a mí”! (Mc. 10,14).
Transcrito por: Néstor Julio González Díaz, vicealmirante retirado de la Marina de Guerra
