La Habana.- Allá lejos y hace bastante tiempo, un antepasado nuestro caminaba al anochecer por la sabana africana. Se le había hecho tarde en el trabajo -cazar y recolectar- y regresaba a casa alerta ante cualquier señal de peligro.
Al ver al leopardo y sentir su olor, se puso en alerta, pues sabía que era el menú de la cena felina. Su glándula suprarrenal, alertada por el cerebro, le inundó el cuerpo con cortisol, adrenalina y noradrenalina.
Como consecuencia, todo su organismo reaccionó de inmediato. La carrera que echó fue legendaria, dejando al leopardo con hambre y, de paso, pudo llevar algo de comida y felicidad a su grupo.
Tres millones de años más tarde la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Química 2012 a los científicos estadounidenses Robert J. Lefkowitz y Brian K. Kobilka por desentrañar parte de los mecanismos moleculares que le permitieron sobrevivir a aquel hominino.
En concreto, esa institución reconoció los revolucionarios estudios de los galardonados relativos a los receptores -de la membrana celular- acoplados a la proteína G, estructuras que permiten a las células sentir su entorno y adaptarse a situaciones cambiantes.
Es gracias a su existencia y funcionamiento que nuestro cuerpo, conformado al igual que todos los animales macroscópicos por un enorme conjunto de células en constante interacción, puede desempeñar sus funciones vitales de manera armónica.
Durante mucho tiempo la Ciencia conocía que hormonas como la adrenalina tienen efectos potentes, como incrementar la presión arterial y aumentar el ritmo cardiaco, y se sospechaba de la existencia de receptores en la membrana celular capaces de interactuar con ellas; pero en qué consistían esos receptores y de qué manera funcionarían siguió siendo un misterio durante gran parte del siglo XX.
¿Cómo una señal puede atravesar la doble capa lipídica que constituye la membrana celular? ¿Como puede el interior celular «saber» lo que ocurre en el exterior?
No fue hasta 1968 que Lefkowitz, empleando trazadores radiactivos, comenzó a develar la existencia y funcionamiento de los receptores beta-adrenérgicos, respondiendo así a esas interrogantes.
Años más tarde, en 1980, Kobilka aisló los genes que codifican a esos receptores, los cuales se revelaron similares a los presentes en los ojos para la captura de la luz.
Ambos científicos se dieron cuenta entonces de la existencia de toda una familia de receptores con conformación y funciones similares, la cual es hoy conocida como los receptores acoplados a la proteína G.
Cerca de mil genes codifican toda una variedad de ellos, como para, por ejemplo, sentir la luz, los sabores, olores, adrenalina, histamina, dopamina y serotonina.
Por si lo anterior fuera poco, el año pasado Kobilka logró otro hito fundamental: capturó la imagen de un receptor beta-adrenérgico justo cuando es activado por una hormona y envía una señal al interior celular.
Pero más allá del conocimiento puro, los descubrimientos de los galardonados tienen una vertiente práctica muy importante. Baste recordar que la mitad de los medicamentos actuales logra su efecto mediante la interacción con los receptores acoplados a la proteína G.
Si dudas, el futuro de la salud humana, farmacología mediante, le deberá mucho a Lefkowitz y Kobilka.
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Robert J. Lefkowitz. 1943, Nueva York. Se graduó por la Universidad de Columbia en 1966. Actualmente trabaja en el Centro Médico de la Universidad Duke.
Brian K. Kobilka, little Falls. Estados Unidos, 1955. Graduado en 1981 en la Universidad de Yale. Es profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford.