Puchilán, rumbero de los buenos

Noche de tambores bullangueros llamando a la rumba. Puchilán, un negro de ojos vivaces, desgarbado, ligero como una pluma, no dejaba de asistir a esas timbas que lo mismo se formaban en el solar de Los Guzmanes que en Omoa y Príncipe en casa de Roberto, el millonario, en Atarés.
 
La tropa de rumberos también acudía a otros barrios como Los Sitios o Jesús María. Eulogio, El Amaliano, los hermanos Embale, Tío Tom, Ricardo Santa Cruz, Callava. Sí, lo mejor de lo mejor cantando y sonando los cueros de dura piel ante un público espontáneo que no les perdía un solo movimiento.
 
A la hora de bailar, Puchilán ponía lo suyo al trazar pasillos llenos de inigualable gracia que no perdían el sabor de una sentida columbia o un sabroso guaguancó.
 
Latidos de una vida
 
En cuanta timba sonara en Atarés estaba Humberto Pérez Medina, Puchilán, sediento de aquellos ritmos que le colmaban el alma de nuevas alegrías. En la casa, la mamá le decía: De que eres hijo del tambor no hay duda, de que tu vida está en las rumbantelas no hay otra. Y así fue siempre desde niño hasta que espigó caminando por el laberinto de aquellas calles de rompe y raja.
 
Vivió la pobreza de los solares con sus fritangas en el patio, las tendederas y bateas colmadas de ropa. No faltaban las fajazones por cualquier motivo: el marido engañado por un amante escurridizo,  las riñas de última hora por deudas, la traición y el cuchillo espejeando en el aire…
 
Nacido el 26 de septiembre de 1939, su tío René, integrante del famoso coro El Paso Franco, lo llevaba «cuando apenas era un comino a cuanta fiesta él iba». Allí escuchando esos cajones aprendía de los que eran cátedra en el género como Chavalonga o Ricardo Santa Cruz, en sus aplaudidas  disertaciones de rumba.
 
La música también fue herencia familiar; su otro tío, Remigio, era cantante y tresero de Ignacio Piñeiro. Lo apodaban Macho y, además, trabajaba en una carpintería, donde fabricaba instrumentos;  quedó ciego y murió atropellado por un automóvil.
 
“Me dediqué a varios oficios, incluso trabajé en un bar en el Mercado Único, donde tomé muy ricos sopones chinos, de esos que te levantan la vida, pero al final me huía para la rumba. Empecé en la comparsa Los Marqueses de Atarés, que dirigía Víctor Herrera. Uno de aquellos populares estribillos decía: Venimos recorriendo el mundo/ venimos recorriendo El Prado/ marqués soy yo/ Oiga, público oyente… ¡Qué tiempos, qué tiempos!”, confesó Puchilán.
 
“En esa comparsa me desempeñaba en cualquier cosa, desde tocar hasta tirar mis pasillos. Me fui al Marahajá de la India, que salía de Los Sitios y dirigía mi tía Mercedes, y al que cambiaron el nombre por Los Reyes del Caribe. En esta agrupación bailé con mi rumberísima hermana Marta”, agregó.
 
Durante los años 60 y 61, Puchilán formó dúo con Chavalonga y después se unió a Los Sepias del Afro. Empezaron en pequeños centros nocturnos hasta llegar al Capri: tocaban música folclórica, congo, yambú, columbia…
 
Más tarde,  se integró a Los Jóvenes Alegres que hacían, sobre todo, guaguancó. Volvió de nuevo con Chavalonga y se creó La Tahona, con trompetas, trombones. Su polirritmia incluía cha cha chá, la rumba, la guaracha. A ese conjunto se sumó Tata Güines y entonces se nombró La Tahona con Tata Güines; al separarse Chavalonga, fue conocida como Los Ases del Ritmo.
 
Puchilán no olvida los momentos que vivió junto a los famosos Muñequitos de Matanzas, con quienes como invitado bailó tanto en aquellas verbenas de La Tropical como en el entonces exclusivo cabaret Tropicana.
 
Gente de verdad única. Llegaron a nuestra capital y acabaron. Traían su propia ritmática porque hay diferencias entre la forma en que ellos tocan y nosotros los habaneros. El dúo de Saldiguera y Virulilla era fantástico, nadie ha podido superarlos.
 
Marca 1970 la trayectoria artística de Puchilán, etapa en que entró como cantante y percusionista en un grupo que dio mucho que hablar, aunque de vida breve: Los Papacuncún. La nómina la formaban: Fredy González, Jeny René Pérez, Enrique Barrios, Bobby Carcasés, Miguel Álvarez, Modesto Fusté, David Pluma y Orlando Peñas, con la dirección de Evaristo Aparicio, El Pícaro, rumbero de pura cepa, autor de números muy conocidos como Xiomara, Sarará, Amor de nylon, Cañonazos y algunos otros  interpretados por Celia Cruz.
 
Los Papacuncún con su música festiva causaron sensación en los carnavales de Oriente y La Habana y su estribillo “A Cachita le da la gana” hizo historia entre los bailadores deseosos de nuevos ritmos.
 
Cuando murió Aparicio, fundaron Los Nueve; después pasó a El Caracol. Por poco tiempo estuvo con Los Violentos, grupo de Reinaldo Montesinos.
 
En 1988, formó parte de La Charanga Habanera y se presentaron en el Principado de Mónaco, al que viajaron en 1989 y 1990. Entre sus recuerdos más emocionantes estaba su actuación junto a Barry White. A su retorno a La Habana continuó trabajando como profesor en la Escuela de Música Ignacio Cervantes, además de impartir clases a extranjeros interesados en la música afrocubana.
 
Puchilán, aquel hombre que pudo gozar las ricas timbas junto a Tío Tom, el legendario Chavalonga, Ricardo Santa Cruz, Silvestre y Elogio Méndez y el simpático Platanito, entre otros, falleció en La Habana, su ciudad, el 9 de febrero de 1995.

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