Aunque muchos a veces se confunden y la llaman Patrona de la nación, en realidad este título le corresponde a la Virgen de las Mercedes, en tanto que la Altagracia es su Protectora, devoción iniciada en el país desde el período colonial, como cultura de las advocaciones de la Virgen María, integrada a países del “nuevo mundo”.
Coronada en dos ocasiones: el 15 de agosto de 1922, en el pontificado de Pío Xl, sobre el Baluarte 27 de Febrero o Puerta del Conde, en la capital dominicana. En esa ocasión fue traída desde su Santuario la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia de la Villa de Higüey.
Se precisa que la joya de mayor valor histórico y material con que cuenta el santuario es la corona de oro y piedras preciosas, rematada en una cruz de diamantes que sostienen dos ángeles de oro macizo, de siete filos de peso, confeccionada con el oro y alhajas donados por el pueblo dominicano para su Canónica y Pontificia Coronación, celebrada sobre el Altar de la Patria.
Años más tarde, el 25 de enero de 1979, en su segunda visita al país, el Papa Juan Pablo II coronó personalmente a virgen con una diadema de plata sobredorada, regalo personal, y visitó a la Virgen, primera evangelizadora de las Américas, en su basílica en Higüey.
Gran fe sustenta la vida de las familias dominicanas, en cuya historia la madre de Jesús irrumpe como parte de su cultura, tradiciones, leyendas y expresión de identidad nacional.
La Virgen de la Altagracia, “representación feliz del misterio de la Maternidad Divina de María. Esa es la Alta Gracia” y los colores de la bandera dominicana están presentes en ella, como sello de identidad.
Historia
Fuentes históricas apuntan que en el año de 1502 se daba culto a la Virgen Santísima bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia en la Isla de Santo Domingo. Se habla del cuadro pintado al óleo, traído a Higüey por los hermanos Alonso y Antonio de Trejo, españoles nacidos en Extremadura.
El 12 de mayo de 1512, el obispo de Santo Domingo, García Padilla, erigió la villa de Salvaleón de Higüey en parroquia. Entonces, los Trejo donaron la imagen de la Virgen para que fuera venerada por todos. Se denominaba a la Parroquia de la comunidad: “Casa de nuestra Señora”, en ese entonces construida con tablas de palma, techada de cana y piso de tierra. Apuntan que el quinto abuelo del Libertador Simón Bolívar fue su mayordomo de cuidado en 1569. En 1572 se terminó el primer santuario altagraciano y en 1971, se consagró la actual basílica.
Luis Gerónimo de Alcócer escribió en el año de 1650, un testimonio que conserva la Biblioteca Nacional de Madrid, donde se lee: “La imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Altagracia está en la villa de Higüey, como treinta lenguas de esta ciudad de Santo Domingo; son innumerables las misericordias que Dios Nuestro Señor ha obrada y cada día obra con los que se encomiendan a esta santa imagen; consta que la trajeron a esta isla dos hidalgos naturales de Placencia, en Extremadura, nombrados Alonso y Antonio, de Trejo que fueron de los primeros pobladores de esta isla, (…)”.
También los hijos de la vecina Puerto Rico han expresado su devoción por la Virgen de la Altagracia desde principios del siglo XVII, según registran autores, debido al temor a piratas y por transitar el Canal de la Mona, siempre lleno de peligros, sobre todo en aquellos tiempos, cuando eran ellos quienes viajaban a la República Dominicana en busca de trabajo y mejores esperanzas de vida.
Antonio Cuesta Mendoza escribe en el tomo II de su Historia Eclesiástica de Puerto Rico: «De muy antiguo debió haver devotos en esta advocación pues ya para el 1647 le habían erguido una ermita particular [en la villa de San Blas de Coamo]».
Se plantea que la derrota de los franceses, por parte de los españoles, en la histórica batalla de la Sabana Real de la Limonade, el 21 de enero de 1690, inició la celebración de su fiesta religiosa ese día, en vez del 15 de agosto, como era la costumbre. En 1692, el arzobispo Isidoro Rodríguez Lorenzo escribió una carta dirigida “a todos los fieles cristianos, estantes y habitantes, vecinos y moradores de este nuestro arzobispado” donde por primera vez aparece una autoridad eclesiástica aprobando como válida la fiesta de los 21 de enero.
A principios del siglo XX, Monseñor Arturo de Meriño, Arzobispo de Santo Domingo, solicitó a la Santa Sede la concesión de Oficio Divino y Misa Propia para el día de la Virgen de la Altagracia, pidiendo, además, que fueran en los días 21 de enero, ya que los 15 de agosto la Iglesia Católica celebraba el Misterio de la Ascensión de la Virgen a los Cielos. Tal solicitud fue aprobada y la concesión resultó efectiva para toda la Arquidiócesis de Santo Domingo. Durante el gobierno de Horacio Vásquez fue declarado oficialmente el 21 de enero como día no laborable y de fiesta nacional en todo el territorio.
¿Cómo espera el pueblo dominicano un nuevo día de conmemoraciones a la virgencita de la Altagracia?
Aunque el país se debate entre violencias, feminicidios y narcotráfico, junto a las carencias y altos precios que pesan sobre los principales y básicos productos de imprescindible consumo, este 21 de enero el templo de la Virgen de la Altagracia tendrá las voces unidas de cuantos concurran al lugar, para elevar ante todo sus más profundas oraciones por un mañana mejor, ese que se divisa, aun cuando la niebla de estos tiempos intente obstaculizarlo.
La fe une y fortalece, sobre todo en momentos difíciles. Los devotos creen que a través de ellos intervendrá la Virgen de la Altagracia para aliviar sus penas y por eso, este 21, una y otra vez, se elevarán los rezos, repetidos, como siempre ha sido, a través de los ecos de los siglos y por los siglos… Amén.
