Conversación con mi nieto José Miguel (Jay) abogado

Mi querido Jay. Mi padre admiraba a sus amigos abogados, licenciados Porfirio Basora, Quirico Pérez, Ramón Dewindt y Armando Oscar Pacheco, quien era un lírico poeta. Las audiencias de estos abogados eran un escenario educador, ilustre cultura, sucesos históricos con dramas humanos conmovedores.  La probidad en el trato con el defendido, acreditaba el valor de respeto y estima de los ciudadanos. Abogados honorables.
 
Tuve la buena suerte de sentarme en quietud saciando la sed de aprender en la biblioteca del ingeniero Don Félix Benítez Rexach, en su Villa Bagatelle, Cannes, Francia, 1953. Una tarde la brisa que bajaba de los Alpes traía una lluvia refrescante, Don Félix, señora Lucienne y el capitán Percival, que disfrutaban el panorama del semi dormido mar Mediterráneo, sentados en la terraza entraron a la biblioteca. Don Félix me preguntó ¿Qué lees? Le mostré el libro. Juicios Célebres. Él lo abre y me indica, lee esto. Cicerón defendiendo al viejo general Catón. Verás la maldad envidiosa y la basta cultura en la oratoria forense,  de una mente ágil. Me apresuré a leerlo. Traduje unos párrafos del idioma francés que Don Félix comentó. Sesenta veranos han transcurrido. Jamás pensé que estas inquietudes las entregaría a un nieto abogado y a sus dilectos compañeros de profesión. ¡oh Dios cuantas bendiciones nos entrega!
 
Siendo dictador de Roma, Lucio Cornelio Sila. Pomponio Ático publicó un libro de unos escritos que le entregó para que lo publicara el general Servio Catón. Probo héroe de los romanos. El libro suscita críticas. Son citas sin mencionar nombres. Se propaga la idea perversa que es una difamación contra Sila. Traición al Estado. Sila ordena el encierro de Catón en la Mamartina. Se habla de la pena de muerte.
 
Ático amigo y compañero de Cicerón en los estudios de la escuela Estoica en Rodas, del filósofo Posidonio Apamea, solicita a Cicerón que defienda a Catón. Cicerón por experiencia no olvida que la prudencia es la decisión de su profesión. Abogado. Pero, este oficio lo obliga a aceptar la defensa solicitada.
 
Sila ordena que el juicio sea en el Senado y que los fiscales sean Julio César y Pompeyo. No quieres a los magistrados.
 
César comienza la acusación, muestra el libro. Cicerón le solicita que lea lo que considere. César sonríe y lee: “El mérito no reside en ningún hombre y prevengamos a la nación para que no se considere a un gobernador temporal como una divinidad y le adule, deleitándose con sus ideas y venidas reverenciándole, oyendo sus palabras como si bajaran del Olimpo acompañadas del ruido del trueno, desterrando a los que no opinan como él, coreando servirles a todo lo que él diga y llegando a voto ó en momento de peligro”. Al César terminar la lectura. Cicerón levanta los brazos con mirada de impotencia y parece los ojos saltarían y se pregunta. ¿Cómo es posible que Cincinato, el Padre de la Patria, que dijo estas palabras hace cuatrocientos años ante el Senado de Roma, conociera la existencia de Lucio Cornelio Sila y se refiriera a él?
 
La mente ágil, histórica del tribuno no se detiene: pueden disgustarse conmigo al defender a mi cliente por haber cometido el plagio. Las leyes lo prohíben y solicito Catón sea debidamente penalizado. ¿Qué castigo merece? Con el permiso leo “El plagio será multado de cien a mil sestercios de oro”. Vuestra misericordia decida, mirando a los senadores.
 
¡Ah Jay! olvidaba decirte. Cicerón reverenció al Senado y a Sila. Sacó un pañuelo, lo frotó secando los ojos. Puro histrionismo. Un día antes del juicio Cicerón visitó a Roscio el gran actor de los romanos quien le indicó como actuar.
 
Sila emocionado en profundo silencio se impulsa abrazando a Catón. Besándolo en la mejilla y los ojos de repudio minutos antes, se inundaron de lágrimas.   Con voz cortada desde lo más profundo de su alma le dice a Catón: “Desde ahora estás bajo mi protección contra ti mismo y los demás. Olvido tu plagio. Vete en paz. Catón lo besa en la mejilla. El abarrotado recinto del Senado vibró: Viva Sila. Viva Cicerón.
 
Querido Jay. Tú sabes que no voy por los tribunales. Pero, tengo la impresión de que los abogados de hoy no son inclinados a la ayuda de la conmovedora elocuencia. ¿Estoy en el rumbo incierto? Jay expresivo, dibuja una sonrisa sin emitir ningún sonido. Un simple movimiento de labios. Papá Néstor: el abogado de hoy es más técnicista. Los mismos jueces no permiten la oratoria por razón de tiempo. Y la materia que se esté debatiendo. Realmente se comprende que para el señor juez es cuestión de tiempo por la cantidad de casos que se ventilan diariamente. Jay. Veremos que conversaremos. Creo te gustaría a Cicerón enfrentando la conjuración de Catilía. En ese proceso nace la Doctrina de Estado de Seguridad.  Consérvate bueno.
 
El autor es vicealmirante retirado de la Marina de Guerra.

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