El cuerpo no podía ocultar las cicatrices del tiempo; nada quedaba de la línea perfecta de sus piernas, las más famosas del cine, ni del electrizante glamour con el que rindió de admiración a varias generaciones. La nonagenaria Marlene Dietrich vivía retirada de la curiosidad del público y de la pantalla que su mirada iluminó en un esplendor, tal vez, único.
Llegó a la fama a los 30 años; el beso de la celebridad se lo proporcionó una película escandalosa para muchos: El ángel azul, notable éxito para esta mujer que tenía en su contra el veredicto del director Abel Gance, quien había considerado que la alemana poesía una voz realmente desastrosa.
Por encima de este calificativo estaba la Paramount con una decisión difícil de echar por tierra: Marlene debía cumplir un rol más importante: destronar a Greta Garbo, carta victoriosa de la compañía rival.
La actriz rodó en su país filmes que no le dieron el añorado triunfo conseguido gracias a El ángel azul, con el que imponía un nuevo tipo de vampiresa. La estudiada seducción de Marlene se usó en grandes dosis para arrebatar el cetro a la Divina Garbo. Se dice que a su llegada a Nueva York, le preguntaron sobre su antagonista. La Dietrich respondió: “¿La Garbo? Nunca he oído hablar de esa mujer”.
Tiempo después, alguien arregló un encuentro entre ambos monstruos sagrados del celuloide; Marlene era una excelente cocinera, pero la Divina no probó bocado alguno: miró largamente a su oponente entre sorbos de té y se marchó luego sin decir adiós.
Sin embargo, muchas historias recogen que Marlene y la Garbo, en su juventud, mantuvieron una relación lésbica, de la cual nunca quisieron hablar en público.
Con la complicidad del director Von Sternberg comenzó a andar el experimento Dietrich. De la Lola regordeta que deslumbró al profesor de El ángel azul, interpretada junto al actor Emil Jannings, se pasó a la de una figura muy perfilada con un poder de seducción más refinado, de mayor sofisticación. En su ayuda no solo llegaron las grandes sesiones para modular la voz y dotarla de una personalidad más definida, sino también trajes con plumas, lentejuelas, y, muy en especial, la audacia de los pantalones masculinos, prenda que impuso en el mundo de la moda.
Pero Marlene fue más allá: poseía una viva inteligencia y le interesaba su carrera; por eso, trabajó sin descanso para convertirse en una verdadera profesional del cine. Estudió intensamente cada personaje y todo el tiempo no cesó de mejorar su estilo de cantante.
De 1930 a 1948 filmó más de 40 cintas, entre las que se destacan Marruecos, Shangai Espress, Tres amores, Deseo, La mujer y el monigote, Rubia Venus… Algunos de sus últimos rodajes para la pantalla fueron: Testigo de cargo, de Billy Wilder, donde hace una magistral caracterización; El juicio de Nuremberg, de Stanley Kramer; y Solo un gigoló, bajo la dirección de David Hemmings.
Además, desarrolló una convincente carrera como declamadora y brilló en el music hall: desde el Olympia hasta Las Vegas su voz áspera y llena de enigmática sensualidad cantó al amor y a la vida.
LA TEDESCA Y HEMINGWAY
¿La amó Hemingway? ¿Se amaron los dos? El escritor contó a un amigo su relación con la actriz:
“¿Sabes cómo nos encontramos La Tedesca [la alemana en italiano; así le decían a Marlene] y yo? Fue a bordo del Ile de France, en una travesía. Comía en el salón cuando en lo alto de la escalera apareció aquella increíble cosa, toda vestida de blanco. Era el preciso instante del momento dramático cuando, quien está abajo, se obliga a mirar a quien está arriba. Marlene lo hizo con maestría, como una diosa que baja hasta sus creyentes.
”El aspecto curioso de los reportes entre Marlene y yo es que hemos estado enamorados el uno del otro, desde 1934 o fuere desde el día que nos encontramos en el Ile de France, pero jamás hemos ido al lecho juntos. Es extraño, pero es cierto. Nuestras pasiones no se han sincronizado y cuando yo estaba ardiendo por ella, Marlene lo estaba por otro y por el contrario, cuando ella estaba libre, navegando en la superficie y en torno mío con aquellos ojos inverosímiles, yo estaba sumergido con otra.”
CONTRA EL NAZISMO
María Magdalena Von Losh nació en Berlín, el 27 de diciembre de 1901. La muchacha tocaba el violín antes de entrar a la escuela de interpretación Max Reinhardt en 1921. Obtuvo el papel en El ángel azul, la primera película europea sonora, con la que marcó una entrada triunfal en el séptimo arte, de la mano de Josef Von Sternberg, quien se rindió ante la joven actriz. En Estados Unidos, donde ella se nacionalizó, filmó muchas películas. Durante la guerra visitó los frentes de combate y actuó para las tropas aliadas, a las que llevó un mensaje de amor y lucha. En Francia, apareció en lugares de peligro, alentando a los combatientes. El gobierno francés le confirió la Cruz de la Legión de Honor.
La artista con las piernas mejor aseguradas del mundo desde que murió la Mistinguette, siempre mostró su carácter de hierro. En 1977, al caer al foso de la orquesta, se rompió una de sus maravillosas extremidades inferiores. Entrevistada en esa ocasión, dijo:
“Hay mujeres que a mi edad se consideran viejas; otras se cansan de la profesión, de agitarse sobre el escenario con vestidos que son verdaderas corazas, bajo los focos que abrasan. Pero yo nunca he suspirado cuando había que tomar aviones de madrugada para cambiar de hotel cada noche, limitarme a unas pocas horas de sueño. Tampoco me he quejado nunca del régimen de alimentación; he sabido privarme de beber y comer, cuando podía perder la línea. De hecho, creo que nunca he tenido ‘caprichos de vedette’.”
Ella escogió París para vivir y allí en su casa pasó los últimos años de retiro. El realizador Maximilian Schell le hizo un documental, donde solo aparece la voz de la célebre artista que popularizó la canción Lili Marleen. Tranquila en sus habitaciones, esperó la muerte el 6 de mayo de 1992; había pedido la enterraran en la capital francesa, pues siempre odió la idea de que sus huesos fueran a parar a Forest Lawn, el fastuoso cementerio de Hollywood. Hoy, descansa en el camposanto de Berlín, a donde sus restos fueron trasladados.
