Fue un día esplendoroso, brillante, no hubo nubes ni estado del tiempo que anunciara precipitaciones, ni lluvias aisladas, ni chubascos, al menos no se produjeron. El gobierno dominicano celebraba por todo lo alto el Día Internacional del Medio Ambiente, en una versión conjunta con las autoridades del vecino Haití.
Tanto el presidente Danilo Medina como su homólogo Michel Martelly se veían sonrientes, emocionados, ambos regocijados con la ilusión de que un día la frontera dominico- haitiana luzca esplendorosa, repleta de frondosos y alegres árboles que llenen de esperanza y vida a dos pueblos que pudieron ser buenos hermanos, pero que el más empobrecido y triste, prefiere imitar al Caín de la historia.
Una escena igual de abrazos, manos entrelazadas, discursos propiciadores de hermandad y solidaridad me parece repetitiva. Así recuerdo haber visto el acto celebrado en una ciudad que aunque tiene nombre en español resulta que se encuentra del lado haitiano. Así pasó de acuerdo a las noticias, fotografías de periódicos y de anécdotas de colegas.
Los titulares de los medios de comunicación reseñaban, principalmente, que las relaciones dominico-haitianas estaban en su mejor momento.
Mientras algunos celebraban, otros maquinaban echarle “jabón al salcocho”. Tanta belleza desprendida el Día del Medio Ambiente no podía permanecer intacta tanto tiempo, no, no era posible.
Nuevamente lo repito, pocas cosas me sorprenden ya, no sé si es por la edad, no sé si por las vivencias, porque cada día soy más escéptica ó porque ya es entendible, por Dios, que con nuestros vecinos ninguna acción dirigida a mermar su situación desastrosa de pobreza material y existencial, que emane del pueblo y las autoridades dominicanas, sea bien recibida.
Ante el ridículo show de prohibir la comercialización de productos avícolas dominicanos, ó mejor dicho, esos huevos, esos pollos y embutidos, que tantas veces les han proporcionado felicidad y satisfacción a los vientres de millones de los más desprotegidos vecinos, sólo me ha quedado anotar otro punto, en mi larga lista de observaciones, sobre acciones realizadas por gente de allí.
Ante prohibiciones anteriores hechas por el gobierno haitiano a productos nacionales, la reciente tiene elementos y matices nuevos que salen a relucir en medio de las negociaciones para echar a un lado la veda: la unidad de comerciantes dominicanos, que a una sola voz, se han negado a permitir que a la República Dominicana entren productos haitianos a través de los distintos mercados binacionales fronterizos, y el cierre de la universidad Juan Bosch, donada por el expresidente Leonel Fernández al pueblo haitiano, la cual ha sido cerrada por estudiantes de manera inexplicable, como inexplicable ha sido que fuese cambiado su nombre original por el de quien fuese el mayor sanguinario de nuestra raza.
A todo esto me pregunto, quizás motivada por el amor maternal, quizás porque ese día del medio ambiente me emocionó tanto el soñar una isla Española totalmente verde, sin importar el lado, sin importar las razas ni las culturas.
Simplemente pregunto, porque he pensado algún día ir a soñar debajo de sus ramas, escribir versos encantados a los hombres que lucharon y amaron la libertad en ambos pueblos; reunirme con amigos de allá y recordar que un día el presidente Danilo Medina la sembró mirando el suelo árido y ajeno, imaginando un árbol fuerte, hermoso, cobijador de vida y esperanzas.
Ante tanta miseria humana destapada ó reintroducida un día después de que ella se acomodara en su nueva casa, hoy pienso en ese día, porque sería su cumpleaños, pienso en esa frágil plantita de caoba que reproduciría el verde en Juana Méndez y en sus alrededores como símbolo de la solidaridad del pueblo dominicano, tantas veces incomprendida por nuestros hermanos haitianos.
