¿Qué cuántos años tengo?

¿Qué cuántos años tengo?/¡Eso a quién le importa!/Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento! José Saramago.
 
«El tener una nieta en los brazos tiene lo suyo. Le llena a una el corazón de ternura doble, por la hija y por la nieta. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. A partir del momento en que fui abuela todos se empeñaron en hacerme sentir que el papel que me tocaba representar en la vida de allí en adelante era: abuelita chiqueadora, anciana generosa, cuentacuentos, regala-dulces, cuida-nietos, cabecita blanca dedicada a velar por la felicidad de una familia que se reproduce.
 
Nadie osó pensar que además de disfrutar a la nieta, la abuela tenía otras muchas inquietudes. ¡Nadie! Ni la madre de mi nieta, ni su pediatra, ni mucho menos el sacerdote que la bautizó. Nadie hubiera creído que la abuela de esa encantadora recién nacida, estaba tratando de forjarse un futuro con sus propios sueños. Tampoco hubieran creído que suspiraba por un varón que no era el abuelo.
 
¿Por qué tiene que sonar tan mal ser abuela y estar enamorada? ¿Por qué los abuelos y abuelas del mundo no se manifiestan con pancartas que exijan su derecho a enamorarse, a fornicar, a enloquecerse de pasión? » (fragmento de: Ella decidió ser hippie a los 50…)*
 
¿Cincuenta, sesenta, setenta, ochenta? En nuestra sociedad, envejecer es visto como un contratiempo, una especie de enfermedad lenta y progresiva, un acto de mal gusto, una desgracia que hay que disimular a cualquier precio. Las juventudes cibernéticas nos miran como seres de lento aprendizaje. Los funcionarios del banco nos hacen sentir: sordos y necios. El que ya nadie nos mire en la calle nos hace sentir transparentes, disipados, evaporados del mundo.
 
Lo mejor que podemos hacer es tirar al bote de la basura estas ideas que nos han metido en la cabeza de generación en generación. No se necesita mucho para darnos cuenta que cumplir años y más años, lejos de ser una catástrofe es una bendición: estamos vivos y podemos seguir persiguiendo nuestros sueños.
 
Hay sociedades que tienen una visión del envejecer muy diferente a nuestra. Por ejemplo. La medicina tradicional hindú (Aryurveda), dice que el envejecimiento es un asunto personal, mental, que envejecemos a la edad que creemos que es tiempo de envejecer.
 
En las culturas indígenas, los abuelos son reconocidos como las personas más sabias de la comunidad y están a cargo de los grandes rituales, desde el del nacimiento y hasta el de la muerte.
 
Cumplir años es inevitable, cómo vivir los años cumplidos es opcional

Jean Shinoda Bolen en su libro: Las brujas también se ríen*, nos recuerda que existe una fuente de energía vital que fluye más allá del tiempo y que jamás se agota: el amor incondicional: “En la naturaleza, la vitalidad (el estar vivo) signifi­ca que existe una fuente de agua que alimenta y conserva la vida. La vida es húmeda. La humedad metafórica y el fluir, tanto para la salud físi­ca como para el bienestar emocional, son esenciales. Los sentimientos genuinos y su expresión sin trabas son húmedos. En períodos de dolor las lá­grimas fluyen. En la risa y la alegría desinhibidas las lágrimas fluyen. Implicarse en la vida y comprometerse con ella es una proposición vital, húmeda. Cada mujer madura deberá recurrir a la fuente o acuífero profundo y lleno de significados que se halla en su mente”.

Las mujeres y los hombres que hoy rondamos los sesenta pertenecemos a una generación que cambió el mundo, que lo empujó hacia la apertura y la diversidad. Aunque muchos no estemos conscientes de ello llevamos la semilla de la libertad dentro del pecho. Porque la libertad vuela y sus semillas anidan en las almas sin ser percibidas (fenómeno del inconsciente colectivo, creo que se llama). El espíritu de los sesentas nos penetró. En el caso de las mujeres, fuimos las primeras que tomamos la píldora, usamos minifalda, ganamos puestos de trabajo reservados por tradición a los hombres, hicimos aeróbicos, dejamos de creer que el matrimonio era una cruz que había que soportar toda la vida y que tener orgasmos era pecado, trabajamos o estudiamos fuera de casa, dejamos de usar fajas. Unas decidieron quedarse solas y sacar adelante a muchos hijos, otras decidieron no ser madres. Muchas pelearon por legalización del aborto y otras por que se castigara a los violadores. Hoy nos toca pregonar el derecho de las abuelas a tener sueños propios. No importa lo que digan los esposos, las telenovelas, nuestros hijos, el gobierno o el Selecciones de Reader’s Digest. No importa que nos equivoquemos. Hoy, tenemos en nuestras manos la responsabilidad de heredar a esas nietas y nietos que arrullamos en nuestros brazos, un mundo en el que no dé miedo envejecer. (fragmento de: Ella decidió ser hippie a los 50…)*

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