El PRD y el secuestrador

El Partido Revolucionario Dominicano ha sido sumergido en una crisis que sentó las bases de una división sin precedentes, sumido en un declive que con el paso de los días se ahonda y no permite avistar posibilidad de unificación, debido a que ha sido vilmente secuestrado por un hombre que pregona dirigirlo como si fuese una pertenencia más de sus propiedades, en una clara modalidad de careta de circo la cual conduce al desmedro de la democracia dominicana al dejarla mutilada, y sin opción opositora a un pueblo absorto.
 
La sin razón, arrogancia, ambición muda, cruel, desmedida y despiadada han acabado con el PRD, primero con el que fundó el profesor Juan Bosch luego el que dirigió José Francisco Peña Gómez, los “viejos robles” y por consiguiente el PRD del pueblo dominicano. Confieso que aunque nunca he sido seguidora del partido blanco, me duele la situación que atraviesa, por los recuerdos que me hacen presa de un pasado formador y a la vez infeliz al pensar cuánto le hubiese dolido a mi padre si hoy estuviera con nosotros.
 
Crecí en un ambiente en que todas las tardes tras concluir las noticias del mediodía era obligatorio escuchar en la casa el programa, cuyo locutor decía de manera reiterada, que el PRD era “el partido del pueblo y de la libertad”. Mi padre, que el próximo día 25 de este mes cumple 15 años de irse al cielo, fue un fervoroso radioescucha de la Tribuna Democrática y fiel simpatizante de esa organización política.
 
No era que mi progenitor, de manera ineludible, hacía que sus hijos se sentasen junto a él a escuchar el programa que era una especie de eco en el vecindario, sino que por el volumen, que me parecía exagerado, imposibilitaba que alguien allí se dedicase a ocupar su tiempo en otros asuntos que no fuese ver con asombro cómo del inacabable y protegido radio de pilas que él colocaba en la mesa de la sala, salían palabras que recibían tan dedicada atención y esmero, se estuviera o no de acuerdo entre quienes compartíamos las cuatro paredes.
 
Era el programa preferido del padre y los hijos de entonces no hacíamos objeción a tan sagrado momento, distinto a los muchachos de estos tiempos, había que quedarse casi inmóvil y con voz de limitado alcance hasta que concluyera la susodicha transmisión, suerte que era tan solo media hora de duración, si mal no recuerdo, y sin bien terminarse con el siempre esperado mensaje del líder, mis hermanos y yo corríamos audaces a encender el televisor.
 
Creo que debido a tantos años oyendo el referido espacio radial, con el transcurrir de los tiempos, sentí curiosidad por conocer y seguir otro lado de la campana partidaria. Años antes de morir, mi padre me echaba en cara el por qué soy distinta al no caminar, como mis hermanos mayores, sobre esas huellas de simpatías hacia el partido blanco.
 
Hoy, confieso que me duele la situación de incertidumbre por la que atraviesa el PRD, porque pienso en mi padre al aproximarse un día más de su partida a destiempo. Quiso Dios llevárselo a pocos meses de la pérdida de Peña Gómez. Fue su seguidor intachable y fiel “coompañero”. El PRD de entonces ya no existe, no es el mismo, ha sido secuestrado por la avaricia, el afán de poder y el orgullo de un hombre que procuró los medios para adueñarse del “partido del pueblo” como oí que era llamada esa entidad política cuando niña.
 
Un hombre ha secuestrado al PRD y aunque sus robles dirigentes de antaño, simpatizantes nóveles y más aguerridos seguidores lo observen, quizás desconozcan la magnitud de tal afrenta que ha cometido un obsesionado con el tener, ya que al poseer riqueza desbordante, pretende también adueñarse del partido de la libertad.
 
Su afán inclemente de presidir el PRD de mi padre le hace dibujar fantasías de creerse que podría algún día llegar al Palacio Nacional. Ha sido en estos días, no en el país, sino en Nueva York donde hace el destape falaz de desligarse de la derrota de su partido el 20 de mayo del 2012, sosteniendo que aunque era el presidente de la organización apoyó de manera “institucional” sin participar en las actividades propias de campaña, estando de viaje y no reuniéndose con los emisarios del candidato presidencial.
 
Fue a Nueva York a decirle a los dominicanos de allí y a los de acá, tal cual gatica de maría ramos, que los verdaderos enemigos del PRD son la incoherencia, el divisionismo y el abandono de los principios que le dieron origen. El secuestrador del partido de mi padre, a 15 años de su muerte, hoy quiere ocultar que ha sido él quien ha auspiciado con su arrogancia y su afán de tener y poder los criterios que señala y que han llevado a convertir a esa institución política en una cosa más de su propiedad, dejando de lado al pueblo que es su verdaderos doliente.
 
Al secuestrador del PRD, como ha creído tenerlo todo cómo y cuando se le antoje, no le ha importado lesionar la democracia dominicana con su afán desmedido de poder. No ha hecho miramientos de cordura sobre lo que pudiera pasar en la República Dominicana de continuar anteponiendo sus intereses personales y egoístas a la permanencia y resurgimiento del partido del pueblo y de la libertad.
 
“Miki el que resuelve” como le llaman sus aduladores, ha resuelto destruir al PRD de mi padre y al de su líder José Francisco Peña Gómez, al secuestrarlo y creerlo otra cosa más de sus pertenencias.
 
“Sí, padre, Miguel Vargas Maldonado, sé que te parece extraño su nombre puesto que al momento de tu muerte no era mucho lo que se conocía, ni se sabía de él, pero hoy ha secuestrado a tu partido del pueblo y de la libertad”.
 
Pido perdón a mis lectores y, aunque no lo sientan, estos párrafos me han hecho querer aún más a mi padre, renovar el agradecimiento por su dedicación y cuidado. Te quiero José A. Reyes y gracias por seguir apoyándome desde el cielo sin importarte estar o no de acuerdo conmigo. Un amor eterno y unas lágrimas que no consiguen secar al arribar otro año sin tu presencia física.

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