La delincuencia juvenil nos indica la presencia de hijos huérfanos sin la buena educación, con padres vivos. Y recuerdo los años en mi búsqueda de crecer, aprender para vivir bien. Las neuronas luchan y vencen los 86 veranos en este tránsito, hablan de las lecturas en distintas latitudes.
Año 1954. En el ateneo de mi Macorís del Higuamo y cangrejos. Leí a Carlos Mark y no olvido su lacónica sentencia: “El propio educador necesita ser educado”, y a Francis Bacon: “Un hombre no es más que lo que sabe”.
En Miami 1951. En la Asociación de Jóvenes Católicos. Albert Einstein: “Nunca tomen el estudio como un deber, sino como la influencia libertadora que ejerce la belleza en el reino del espíritu, para alegría personal de ustedes y beneficio de la humanidad a la que pertenecerá su trabajo futuro. Con Gandhi: “Una educación que no forma el carácter totalmente carece de valor”.
Durante el verano de 1953. En la biblioteca pública de Cannes, Francia y la del ingeniero Don Félix Benítez Rexach, en su villa Baggatelle, era un insaciable pasando páginas. Una tarde me sentí discípulo de Pitágoras, en su escuela al sur de Italia en la ciudad Crotón. “El saber será patrimonio. Si os fijáis en la historia y en las ciencias corrientes, comprobareis que la educación es el mérito que tienen en común los que sobresalen en cada generación, porque sus logros son los que educan a los otros. La educación es una cuestión de importancia tan natural que puede ser recibida por cualquier otro, y además, quien la proporciona sigue sosteniéndola”. Dejo a Pitágoras y escucho a Diógenes: “La educación es sensatez para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres, adorno para los ricos. Recordad que los asuntos de gobierno nunca deben ser tratados de una manera desvergonzada sino con educación. La educación es la única cosa que distingue a los hombres de los animales. Educar a los niños y no será necesario castigar a los hombres. Educar no es dar una carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”.
En Taiwán abril 13 al 19 de 1986. Me aferré al gran sabio maestro Confucio: “Si obtenemos un conocimiento nítido y hondo de las causas de nuestro comportamiento, conseguiremos la perfección ideal de nuestro saber moralista. En el momento que se logra la perfección de los conocimientos morales, de inmediato todas nuestras intenciones serán rectas y sinceras. Si las intenciones han adquiridos la rectitud y sinceridad, el alma se verá provista de todas las virtudes. Las virtudes del alma beneficiarán nuestro ser al corregirlo del todo”.
Hoy año 2013. La dedicación a la enseñanza en la Academia Naval nos indica que la instrucción necesita un proceso de transformación profunda a través del conocimiento, en orden a que se realice el estudiante a sí mismo y sirva mejor en la armada y la sociedad. La juventud debe ser inducida al autoconocimiento de su vida. Encontrarse. Saber pensar.
En una peña literaria le preguntaron a Jenófilo sobresaliente discípulo de Pitágoras. ¿Cómo podía educarse mejor a un niño? Contestó: “Siempre que viviera en una ciudad bien gobernada”.
Nos preguntamos ¿Qué percepción tienen los jóvenes de sí mismo? ¿Porqué los maestros otorgan el título de bachiller a un estudiante sin los conocimientos de ese grado? ¿Cuál es el futuro de nuestra patria con el presente de una mala instrucción escolar?
Tenemos el sueño despierto de no ver los jóvenes delincuentes en las cárceles, sino en un centro de formación, instrucción y talleres. Un internamiento donde aprendan un oficio, electricidad, mecánica automotriz y diesel, carpintería, ebanistería, albañilería, plomería, electrónica, pinturas y desabolladura de auto, torno, barbería. etc.
El autor es vicealmirante retirado de la Armada Dominicana.
