Internarse en el Parque Nacional Montecristo con su bosque nuboso, su Jardín de los Cien años, y el punto Trifinio donde convergen El Salvador, Honduras y Guatemala, es más que una aventura. Es estar en contacto con una belleza natural indescriptible, con una zona donde aún se conserva en buena medida la floresta originaria y es, además, descubrir que el planeta está aún listo para conservarse.
Resulta obligatorio recorrer el «Jardín de los Cien años», considerado una de las siete maravillas del municipio Metapán, del departamento salvadoreño de Santa Ana, 110 kilómetros al noroeste de San Salvador.
El recinto cuenta con plantas ornamentales, gigantescos cipreses, y la más importante colección de orquídeas de este país centroamericano con alrededor de 29 géneros y unas 74 especies.
El Jardín que se recorre a través de un estrecho sendero con un puente de madera al inicio, recoge un muestrario de las plantas del bosque nebuloso de ese sector, explicó el guarderrecursos del parque, Fredi Magaña. La muestra se montó para que las personas que no conocen esa área tengan la oportunidad de apreciar su flora caracterizada por la abundancia de especies epífitas, es decir, orquídeas, bromeliáceas, musgos, líquenes, helechos, entre otras, detalló.
Acerca del nombre de este jardín botánico distinguido por lo profuso de su verdor, la abundancia de humedad y la tranquilidad impactante interrumpida o abonada por los innumerables cantos de las aves, entre ellos el quetzal, hay más de una versión.
Una de ellas está relacionada con la orquídea Ponera pellita la cual fue vista en el Parque Montecristo por Fritz Hamer (estudioso alemán, residente en El Salvador) un siglo después de haber sido descubierta en Alemania.
Otra historia se debe a un cálculo realizado por la década de 1980 a partir del crecimiento de los árboles, explicó Magaña. Comentó -sin decir fecha exacta- que prácticamente todas las plantas fueron traídas del bosque aledaño, dentro de ellas la gran mayoría de árboles que hoy existen en el Jardín.
En ese entonces los botánicos consideraron que a los 100 años esos árboles deberían estar de manera similar a como estaban en el bosque nebuloso: robustos y cada uno por sí solo representaría un ecosistema.
Hay algunos que tienen hasta una tonelada y media de otras especies de plantas viviendo sobre ellos, añadió Magaña mientras describía cada una de las partes del Jardín.
«Entonces la relación de los 100 años es sobre la base de ese cálculo, que a esa edad los árboles del jardín debían tener características similares a los del bosque», enfatizó. Los helechos arborescentes, especies de plantas consideradas un fósil viviente por ser de las más primitivas sobre la tierra abundan en este santuario.
También son un regalo a la vista los gigantescos pinos, robles y cipreses, algunos con más de 30 metros y enormes copas, que apenas dejan entrar algunos rayos de sol, entrampan las nubes y contribuyen a que la temperatura se mantenga fresca todo el año. Una de las curiosidades del Jardín es el «árbol del amor», que en realidad se trata de dos árboles unidos por los caprichos de la naturaleza. Una gruesa rama de uno de ellos creció dentro del que está a poco más de un metro.
Para algunos simula un abrazo, para otros una cópula. Los visitantes, según la tradición tocan el tronco, de cualquiera de los dos, piden un deseo que aseguran, será concedido. Cierto o no, lo real es que este sitio es solo una parte de la belleza geográfica y botánica de El Salvador donde armonizan, volcanes, lagos y aún bosques vírgenes, como el de este parque con su vetusto jardín, que es a su vez parte de la Reserva de Biosfera Transfronteriza Trifinio Fraternidad. ( Con información de PL).
