Despertar trinitario

En víspera de conmemorarse este 16 de julio el 178 aniversario de la fundación de la sociedad secreta La Trinitaria, se me ocurrió la idea de cuestionar a un grupo de jóvenes profesionales, escogidos de manera aleatoria, acerca de sus conocimientos sobre el juramento “Trinitario”.
 
La mayoría contestó que lo recordaba vagamente, y varios de ellos admitieron que no lo conocían. Impactado por esta penosa ausencia de conocimiento sobre nuestra historia, decidí escribir mi ensayo de julio, con la intención de aportar al conocimiento de lo que constituye la matriz de lo que hoy somos.
 
Por esta razón, deseo empezar recordando a Juan Pablo Duarte Diez, que al regresar a su Patria y con la motivación que le habían producido los aires de libertad vividos en su periplo marítimo por los EEUU y Europa, decidió comenzar los preparativos para formar su magno proyecto de nación, mediante una organización que diera al traste con la dominación haitiana de nuestro territorio.
 
El simbolismo secreto y la mística de la masonería de la cual formaba parte desde 1836, le ayudaron a conformar la estructura con la cual el 16 de julio de 1838, en casa de la señora Josefa Pérez de la Paz, doña Chepita, madre de Juan Isidro Pérez, se encendió la llama de la libertad al fundarse la sociedad secreta La Trinitaria.
 
El Patricio entendía que si aprovechaba las festividades del día de Nuestra Señora del Carmen, las autoridades invasoras no iban a notar el movimiento de personas en casa de doña Chepita. En principio, la formarían nueve miembros, identificados por un seudónimo y un color en donde cada uno de los componentes debía buscar dos más, los cuales sólo lo conocerían a él; así, en caso de alguna captura, solo se apresarían a dos y el resto quedaría a salvo.
 
Delante de los ocho fundadores, Juan Isidro Pérez, Juan Nepomuceno Ravelo, Féliz María Ruiz, Benito González, Jacinto de la Concha, Pedro Alejandrino Pina, Felipe Alfau y José María Serra, cuyos nombres son desconocidos por las presentes generaciones, Duarte proclamó el gran compromiso patriótico que fue secundado con firmeza por los demás trinitarios.
 
Al escuchar esa elocuente aceptación al compromiso patriótico, el ya presidente de la Sociedad La Trinitaria, le entregó a cada uno un pergamino que contenía el sagrado juramento Trinitario, el cual, dada su importancia histórica, transcribo:
 
“En nombre de la Santísima, Augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo por mi honor y mi conciencia, en nombre de nuestro presidente, Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos encarnados y azules atravesados por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los trinitarios con las palabras sacramentales Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo, si lo hago, Dios me proteja, y de no, me lo tome en cuenta y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición, si los vendo”.
 
Después de tan solemne juramento, cada uno de los patriotas que iniciaban el camino hacia la libertad firmaron el documento con su sangre, y junto a cada rubrica dibujaron una cruz. Fue ahí cuando Duarte, henchido de emoción exclamó:
 
“No es la cruz signo de padecimiento; es el símbolo de la redención. Queda bajo su égida constituida la Trinitaria y cada uno de sus nueve socios obligado a reconstituirla, mientras exista uno hasta cumplir el voto que hacemos de redimir la Patria del poder de los haitianos”.
 
Acto seguido se inició una estrategia en la cual cada miembro adoptó un pseudónimo y color. Duarte era Arístides, y su color el azul; Pina eligió el color rojo; González, era Leónidas; Alfau, Simón; y Ravelo, Temístocles. Posteriormente se integró otro grupo conocido como los comunicados, a los que se unieron Francisco del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella, Vicente Celestino Duarte, Fray José Antonio Bonilla; Félix María del Monte, Antonio Duvergé, José María Imbert, Francisco Antonio Salcedo, entre otros.
 
Al adquirir la Trinitaria su carácter revolucionario, Duarte fue nombrado General en Jefe de los Ejércitos de la República Dominicana y Director General de la Revolución, con cuya calidad expidió varios nombramientos a coroneles que recayeron en Sánchez, Juan Isidro Pérez, Pina, Mella y Vicente Celestino Duarte.
 
Usando de cobija la cultura para difundir su ideología independentista, los trinitarios fundaron una sociedad cultural que llamaron la Filantrópica, para la cual adoptaron el siguiente lema: “Paz, Unión y Amistad”, realizando reuniones públicas en la casa de Pedro Alejandrino Pina. En esos coloquios literarios encubrían sus mensajes en discursos y recitaciones que en  el fondo eran un llamado colectivo a la libertad.
 
Con la llegada al país del sacerdote peruano Gaspar Hernández en 1839, los trinitarios fortalecieron su base ideológica, recibiendo de tan culto sacerdote clases de historia universal, filosofía, teología dogmática y moral.
 
En 1840 debido a las sospechas de los planes conspirativos, los haitianos investigaban de cerca a muchos de los trinitarios. Ésto los obligó a formar la “Sociedad Dramática”, para despistar más al enemigo, llevando presentaciones teatrales con nuevos mensajes que en el fondo creaban la semilla de la libertad en los dominicanos. Obras como Roma Libre del autor italiano Vittorio Alfieri, las cuales Duarte trajo de Europa y era su director y apuntador, eran presentadas con frecuencia a un público variado donde se incluía hasta el gobernador haitiano Carrie.
 
En el año de 1842, el débil gobierno de Boyer sufrió un duro golpe a causa de un terremoto que devastó varias ciudades haitianas, incluyendo Cabo Haitiano, y en la parte española quedaron destruidas La Vega, Santiago, El Seibo, Cotuí y Santo Domingo.
 
Y para 1843, por razones estratégicas, los trinitarios se unieron al movimiento de la “Reforma haitiana”, junto al general Charles Herard a la cabeza, quien depuso la larga tiranía de Boyer, siendo el general Carrie sustituido por el general Desgrotte en Santo Domingo.
 
Bajo estas circunstancias, los dominicanos decidieron interponer una serie de demandas a la recién formada Junta Popular, a través de los trinitarios y los afrancesados, entre las que pedían que las actas públicas y otros documentos oficiales fueran redactados en lengua española, así como la oficialización de la religión católica.
 
Estas reclamaciones, junto con la aparición del “Grillo Dominicano”, una especie de pasquín que circulaba por la ciudad,  generaron temores al general Herard, quien se enteró por denuncias de Felipe Alfau -Simón, su nombre trinitario-, al general Riviére, en Santiago, de los planes separatistas de los patriotas de la Trinitaria, recibiendo sus monedas de Judas, consistiendo en el grado de coronel del batallón de guardias nacionales, que todavía en 1843 subsistía en la antigua capital de la colonia.
 
Herard, ante tales acontecimientos decidió personalmente trasladarse a la parte Este, no sin antes hacer una escala en Santiago, apresando varios trinitarios, entre los cuales se encontraba Mella. Una de las primeras medidas de Herard fue destituir a todos los dominicanos elegidos por la Constituyente del 15 de julio.
 
A partir de ahí se inició la odisea de Duarte y su familia, motivo por el cual, para preservarse, el líder trinitario tuvo que  escapar en el bergantín capitaneado por un inglés de apellido Finley, rumbo a la Güaira-Venezuela, con escala en Saint Thomas.
 
A pesar de no estar físicamente presente, la labor organizativa y de motivación de Duarte al formar la Trinitaria dio sus frutos el 27 de febrero de 1844, con el trabucazo de Mella en la “Puerta  de la Misericordia”, y la bandera dominicana fue izada con orgullo en el baluarte del Conde, para unirnos a los pueblos libres e independientes del mundo.
 
Que cada 16 de julio sea un despertar trinitario que motive el alma nacional y contagie, sobre todo a los políticos que conducen la nave del Estado, y los induzca de manera dinámica y proactiva a adoptar el rumbo verdadero de la educación en valores y el respeto a la Constitución y las leyes, como único y posible derrotero institucional para honrar a Duarte y los trinitarios, y dirigir la nación por la vía que permitiría otear la senda del progreso en paz.
 
El autor es miembro fundador del Círculo Delta
Fuerzadelta3@gmail.com

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