Por: Claudia Fernández
“El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. Gabriel García Márquez, el gran escribidor de las realidades de su natal Colombia, elevó a la máxima expresión el periodismo cotidiano, hasta llevarlo a las alturas literarias, plasmó la realidad de lo que es el periodismo con esta ilustrativa sentencia.
“Las noticias son un material complejo y resbaladizo, y aunque el periodista no es objetivo, sí deberían serlo sus métodos”, esta vez es el español David Felipe Arranz, quien pone en contexto el difícil arte de hilar las palabras con los sentimientos, dejando claro, el problema de la objetividad, que no es precisamente, la mejor cualidad del periodista, sino cómo lleva a cabo la tarea y el compromiso con la verdad desde su óptica particular.
La humanización de la información, la realidad desde la visión del periodista y la forma en que transmite sus sentimientos, son valores que muchos han puesto en desuso, unos, por el afán de notoriedad, olvidando que, para informar hay que despojarse del egocentrismo y adentrarse en las profundidades de la realidad y los hechos. Esa es la información.
Estos dos exponentes del periodismo y la literatura, conjugan en dos máximas contundentes el oficio del periodista. Hoy, el periodismo nacional ha decaído en calidad como en cantidad, cada vez más las redes sociales se encargan de desinformar a su modo y antojo lo que acontece, no en este pedazo de isla, sino a nivel mundial. La desinformación campea por sus respetos.
Pasión, sacerdocio, amor por la profesión, orgullo de ser lo que se es, pero siempre apegado a la verdad. El periodismo no es para decir palabras bonitas y complacientes, no señor. Es exponer hechos, historias, realidades, subterfugios, corrupción, maldad, y también resaltar el lado bueno de las cosas, sin faltar a la verdad, pues “no todo es color de rosa”.
Elena Poniatowska, literata, cuentista, novelista, ícono de generaciones, artesana de la palabra escrita, también resumió el oficio, porque es un oficio, también dejó su legado.
“Soy de la idea de que, por haberme iniciado como periodista, voy a ser periodista hasta que me muera.
Y debo decir que para mí la decisión de dar el paso del periodismo a la literatura fue algo aterrador. ¡Como saltar encima de un precipicio y llegar al otro lado!
Es que el periodismo es la vida, pura y simplemente. Las historias terribles, esas que nos hacen llorar y hasta rabiar.
Es lo que acontece a una persona en particular y a toda una comunidad en general, dicho no solamente con el frío dato preciso y conciso. Es darle también parte de lo que somos, pensamos y sentimos.
No es informar por informar o para colocarnos en primera plana, es desnudar situaciones, buscar remedios a males ancestrales y recientes, y más importante aún, sin temer a las críticas, que siempre vienen, de un lado o del otro, sino de ofrecer al lector las experiencias de vida de una historia particular, pero siempre, ¡ojo!, apegados a la verdad y a la ética.
Son muchos los mártires, los renegados, los que se pliegan a los deseos insanos, los que se dejan corromper, pero por encima de todo, la denuncia social, personal, institucional, o de cualquier otro tipo, deben ser el norte del periodista, del verdadero, que cada día pierde espacio, sumido en el abismo catastrófico de los improvisados, de aquellos que buscan “light”, como se dice ahora.
O los que, amparados a la sombra de lo incógnito, hacen y deshacen a su antojo. El periodismo debe ser serio, veraz, nacido de las entrañas del propio ser o el no ser. Es complejo.
En el Día Nacional del Periodista, una reflexión, para todos.
Una de las cosas más importantes es que el periodista de verdad, que ama su oficio, es insolente a veces, pero con mesura, desobediente por obligación y rebelde por necesidad, pues no se pliega a los artilugios y amenazas, y por sobre todo, veraz, aunque en esa verdad también vaya involucrada su propia convicción. Eso es el periodismo.