El mundo exterior con sus maravillosos encantos entra por los ojos, pero hay otro mundo interior igualmente encantador y maravilloso en quienes por cualquier causa no tienen ese importante sentido. En ellos la sensibilidad se crece convirtiéndose en personas “humana, demasiada humana”, al tiempo que colorean de otra forma la expresión de que, “ojos que no ven, corazones que no sienten”. Todo lo contrario, “ojos que no ven, corazones que sí sienten”.
El alma limpia, la que está llena de bondad, tiene siempre claridad porque está hecha de luz, de una luz especial que ilumina como el sol eterno de la razón o las estrellas permanentes de la virtud, dos destellos que solo deberían apagarse al terminar nuestra existencia. Por tal motivo, la ceguera no es en forma absoluta ausencia de imágenes frente a los órganos que permiten ver, es carencia de visión en el cerebro.
Se puede ser ciego al mirar o no ver sin estar ciego. Depende del enfoque, la ignorancia y la deshonestidad son los peores desenfoques. La sabiduría y la felicidad son las mejores visiones del mundo que aspiramos a que viva a plenitud en nuestro ser, y ambas no dependen de la vista. Es momento de cuidar los ojos para enseñar a mirar y de aprender a ver aun sin ojos.
Cuento a mis lectores por primera vez mi tragedia personal. Sufro de diabetes, enfermedad que me inutilizó mi ojo derecho. A finales de noviembre de 2010 perdí la visión del ojo izquierdo, quedando en penumbra. Varios oftalmólogos consultados me diagnosticaron que era imposible devolverme la visión. Uno de ellos escribió la frase, “legalmente ciego”, según me contó luego mi esposa. Mi hermano el abogado Adán Martínez se negó a aceptar esos diagnósticos e insistió en que debía visitar otro médico.
El mismo consejo recibí del inmenso periodista Aristófanes Urbáez, quién me recomendó al doctor Juan Batlle, director del Centro Láser, coincidiendo en ese aspecto con Adán. Mi hermano fundamentalmente y otros familiares cercanos costearon la operación realizada el 14 de diciembre del 2010 por el eminente especialista en retinopatía diabética, Juan Batlle, quien durante varias horas luchó en sala de cirugía por un rescate visual que parecía imposible, mientras otros amigos y allegados hacían oraciones para que Dios guiara las manos del doctor.
El proceso de recuperación se extendió por casi tres meses, hasta que fui intervenido nuevamente el 10 de abril del 2011. Una fecha inolvidable porque pude verme la cara nuevamente en el espejo, como los rostros de mis hijos y mi compañera Arisleyda Méndez. Pero mi visión quedó limitada, al punto que se me hizo imposible la lectura de libros en papel, solo aumentando las letras a tamaño 48 podía leer en el computador.
En el período en que estuve sin visión la mayoría de mis artículos publicados en Al Momento y DominicanosHoy fueron dictados. Desde que recuperé el poco de vista con que me conduzco volví a escribir de manera directa, así pude también terminar varios libros que están pendientes de ser publicados.
¡Oh tragedia! En la primera semana del pasado mes de abril, luego de dos años de operado y de adaptarme a las limitaciones de mi ojo, volví a quedarme prácticamente ciego. Desesperado acudí a un especialista, recibiendo la mala noticia de que ya no había nada que hacer. Lloré todas las lágrimas que podían acumular mis ojos enfermos. “solo un milagro te puede devolver la vista.”. Traté de consultar al doctor Batlle, pero estaba fuera del país. Mi hermano Adán insistió en la cita y al regreso del médico fui a su clínica angustiado y con pocas ilusiones.
¡Oh Dios! Señores lectores, y ocurrió el milagro: Juan Batlle, gigante de la Oftalmología, le regresó la visión a este humilde ensuciador de páginas virtuales y hacedor de opinión para enrumbar mi país por senderos luminosos de verdadero progreso sin pobreza.
Hoy con visión un poco mejor he podido leer de manera directa por primera vez los periódicos Al Momento y DominicanosHoy, refugio de ideas que impidió mi muerte espiritual. Y pensar, que en mis años de rebeldía filosófica le pedía a Dios que si era verdad su existencia que me diera una prueba para así creer en él. Mi ánimo alegre tiene un rosal de risas para llorar de agradecimiento. Mi voz se alza entre trompetas celestiales para gritar a pulmón lleno ¡Gracias Dios mío! Gracias Juan Batlle. Gracias a mis hijos, hermanos, amigos y a todos lo que volvieron a orar por mí.
He aprendido de la desdicha personal. Mi compromiso social y político siempre estará del lado de los “desdichados” que permanecen en la ceguera de la ignorancia y en la oscuridad injusta de la miseria. Ellos también tienen derecho a abrir sus ojos y a ver los hermosos arcoíris de la esperanza.
